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Colaboradores
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Adolfo Ballesta
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HI
Editorial
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Dr. José Luis Martín García-Alós
-
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Dr. Francisco W. Lázaro
Albert Dansa©. Masajista.
 
(*) Los artículos ofrecidos en esta sección son el resultado de la opinión y experiencia personal de sus autores. HI tan sólo se limita a reproducirlas
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TERAPEUTA
 
Medicina religiosa
 

Un viaje por las tierras y la medicina de Hildegard

Un viaje a Bingen, tras las huellas de esta famosa monja y su medicina, me confirmó, como era de esperar, que los monasterios que Hildegard fundó, Rubertsberg y Eibing (cerca de Rüdesheim) fueron destruidos en 1632, durante la guerra de los 30 años.

 
 

En la alta Edad Media, época en la que vivió esta famosa monja alemana, los monasterios eran los centros de atención hospitalaria. Estos tenían, generalmente, una pequeña clínica, una farmacia y los inicios de establecimientos de caridad. Todos los monasterios cuidaban su huerto, que contenía plantas medicinales. Los enfermos sin recursos sólo podían dirigirse a estos lugares, donde sus sufrimientos encontraban consuelo y cuidados. Los “médicos” más preparados, entonces, estaban en los monasterios.

Ya en el siglo IX existían en Alemania abadías con hospital, casa de sangrado y de baños, instalaciones sanitarias y dispensario, así como dormitorios especiales para los enfermos graves, depósito farmacéutico y huerto de plantas medicinales. La medicina de los monasterios era la más avanzada de la época. En los conventos de monjas, la abadesa, o una delegada versada en la materia, ejercía de frater médicus. Se supone que Hildegard von Bingen, abadesa benedictina alemana del siglo XII, tuvo conocimiento de las enseñanzas de la antigüedad acerca de los humores y temperamentos, en los que se basaba la medicina de la edad media. Sin embargo, ella basó sus métodos de tratamiento en sus conocimientos a través de observaciones propias. Hay motivos para afirmar que en el monasterio de Spanheim, cerca de la Abadía de Rupertsberg (fundada por Hildegard), se hallaba una extensa biblioteca médica.

“Ante todo y por encima de todo hay que cuidar a los enfermos. Hay que servirles como si fueran Cristo en persona. Él nos dijo: estaba enfermo y me habéis visitado, lo que habéis hecho al más humilde me lo habéis hecho a mí”, reza una regla benedictina. Y es que, durante toda la edad media, los monjes se esforzaron en adquirir conocimientos médicos. Copiaron las obras de autores clásicos y las enriquecieron con sus propias experiencias. Se supone que Hildegard conocía los libros de los monjes sobre la medicina, así como a mujeres del pueblo expertas en plantas medicinales.

Una monja polifacética

Hildegard von Bingen nació en 1098 en Bermersheim, cerca de Alzey (Alemania). Era la pequeña de diez hermanos y fue entregada a la Iglesia como diezmo, exactamente a la inclusa Jutta von Sponheim, para su educación religiosa. Vivió en un lugar privilegiado, a orillas del majestuoso río Rhin, rodeada de un paisaje idílico, con suaves colinas de un verde intenso. De aquí el profundo amor a la naturaleza que profesaba Hildegard.

Lo primero que salta a la vista, observando los libros escritos sobre la profetisa y sus obras, es su carácter polifacético: Era poetisa, teóloga, abadesa de dos monasterios a la vez y llevó la más extensa correspondencia de la edad media con papas, nobles, obispos, realezas y amas de casa que buscaban sus consejos. Como monja benedictina, consideraba que el cuidado de los enfermos era una forma de seguimiento de Cristo. Destacaba el carisma con el que practicaba su vocación sanitaria, su dedicación humana, cuidando al mismo tiempo el alma y el cuerpo y sus consejos acertados; su arte en el tratamiento de las enfermedades se grabó en la memoria de sus contemporáneos como algo milagroso. Existen múltiples testimonios de sorprendentes curaciones.

Trucos medicinales

Según su biógrafo, Theoderich, Hildegard sanaba mediante la oración, la bendición y el agua (como el caso del niño ciego al que devolvió la vista con aguas del Rhin); también asegura que trozos de su vestimenta sirvieron de medicina, así como su pelo y el pan de su mesa. Pero también utilizó tratamientos médicos, cuyos conocimientos, según ella misma escribe, le fueron dados a través de visiones divinas.

Por ejemplo, la medicina natural de hoy en día, utiliza con entusiasmo el extracto de semillas de linaza hervidas, que Hildegard ya recomendaba entonces para las quemaduras. Y es que realmente extrae toxinas de las heridas y calma el dolor rápidamente. Su pomada de extracto de ajenjo contra la artritis aun se recomienda en la actualidad, también su zumo para el corazón (un hervido de hinojo, regaliz, miel, azúcar y agua), y su terapia contra el reuma con baños de extracto de castañas, vino de ajenjo, polvo de apio y curas de membrillo.

Las creencias de su época dejaron huellas en Hildegard. Por ejemplo, consideraba correcto el método de sanación de los enfermos de amor mediante la betónica: “Deben buscar una betónica que no haya sido utilizada para fines mágicos, ponerse una hoja en cada agujero de la nariz, una debajo de la lengua, una en cada mano y dos más debajo de los pies, y luego hay que fijar la vista en la planta y no desviarla hasta que las hojas se hayan calentado por el calor del cuerpo”. Pero, sin embargo, se enfrentó también a determinadas creencias con espíritu crítico, recomendando una gran cautela con las plantas venenosas y previniendo contra los narcóticos.

Hildegard recomendó vino de “Ackelei” (Aquilegia vulgaris) contra la fiebre, artemisa hervida con carne (Völlegefühl) para aliviar, la ortiga hervida para trastornos del metabolismo, el hinojo para la digestión, el polvo del jengibre disuelto en vino para los ojos turbados, las hojas de la candelaria para fortalecer el corazón, el hervido de las hojas de la milenrama para cicatrizar las heridas, el vino de la violeta para ahuyentar la melancolía, etc.

Por otra parte, cuando Hildegard habla de los líquidos venenosos en el cuerpo no se refiere a cualquier influencia secreta, sino simplemente a las consecuencias de una alimentación equivocada o a un consumo excesivo. Comprendió el funcionamiento de la circulación sanguínea, la composición química de la sangre y la transmisión de órdenes del cerebro a los nervios.

Por ejemplo, escribe sobre la enfermedad pulmonar, considerando que está causada por un humo traicionero que se produce por los malos líquidos que suben al cerebro y contagian, a través de ciertos conductos, a los pulmones; entonces, el pulmón del enfermo se hincha y emite mal olor, y éste apenas puede respirar. Si esta descripción se traduce al lenguaje médico moderno, nos damos cuenta que se asemeja completamente al enfisema pulmonar.

Con referencia a la sangría, Hildegard lleva un gran cuidado, pues un excesivo sangrado debilita el cuerpo igual que una lluvia excesiva daña más que beneficia a la tierra. Sus consejos dietéticos apuntan a una conducta de vida responsable; su emblema es: “Cada cual es responsable de su cuerpo”.

Hildegard constata en su suma antropológica que “el alma ama en todas las cosas la medida justa y discreta”. Cada vez que el cuerpo come, bebe o realiza cualquier otra actividad, las fuerzas del alma se dañan, puesto que todo debe hacerse con mesura. “El ser humano tiene que tener ambas cosas, su nostalgia por el cielo y la preocupación por las necesidades de la carne.” Por este motivo, por ejemplo, rechaza el ayuno excesivo tanto como la intemperancia.

El legado escrito

- El Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum (La esencia de las distintas naturalezas de la creación) gira entorno a un pensamiento central: Dios ha dispuesto todas las cosas del mundo de tal manera que hay un mutuo respeto entre ellas.

- Las convicciones de Hildegard, sus observaciones y sus propuestas para el tratamiento están descritas en su segundo libro: Causae et curae (Causas y curaciones).

- Por otra parte, su obra Physica es la primera de este tipo en lengua alemana, y consta de nueve libros con más de quinientas descripciones de plantas, animales, piedras preciosas y metales. Observaciones concienzudas se unen con un entusiasmo amoroso por la creación. Heldegard continuamente se preguntaba qué fuerza curativa puso Dios en las plantas, hojas y frutos, y gracias a esa actitud consiguió una serie de aciertos.

Estudia más de doscientas plantas y nos informa detalladamente sobre las setas. Mantiene una actitud escéptica frente a los cereales, excepto la escanda Triticum suelta (un tipo de trigo de sabor intenso). También desconfía de las bayas del bosque, sabe que el lúpulo conserva las bebidas y que la pimienta puede estimular el apetito de los enfermos del bazo. Confiere a los árboles un significado simbólico (el abeto representa la fuerza, el olivo, la misericordia, la datilera, la felicidad, el ciprés representa el Dios oculto, etc.). Como los druidas, buscó las huellas ocultas de los poderes de las plantas y de los animales. Advierte de no comer las manzanas crudas y recomienda los membrillos, así como aconseja a los pacientes aquejados de gota, baños de vapor procedente de cortezas de castaños.

Describe la formación de los minerales de acuerdo con la tradición antigua. Al mismo tiempo alaba a las piedras preciosas, en cuya creación participan los elementos agua y fuego de forma misteriosa, y las recomienda para guardarse contra las tentaciones diabólicas. La formación de las perlas del río la atribuye a una infiltración de un objeto venenoso. No se pueden negar las influencias de la época que le tocó vivir. Algunas de sus observaciones hoy en día nos hacen sonreír. Por ejemplo, escribe que la semilla de la adormidera induce al sueño, reprime la lujuria y calma a los piojos y su cría.

Utilizó la aplicación de tierra en individuos con parálisis, colocándola sobre su cabeza y pies, rezando: “Tu, tierra, que duermes en el hombre, actúa para que recupere sus fuerzas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo de Dios, que es un Dios vivo y todopoderosos.”

- Hildegard consideraba que sería provechoso para sus hijas el tener un libro de consulta, por lo que escribió Natur und heilkundewerk, entre 1154 y 1158, que comienza con la descripción de la creación: Dios creó el universo y colocó en su centro al ser humano; en una unión recíproca todos los elementos son activos en Él y Él lo es en los elementos. Dios puso las fuerzas curativas en la naturaleza para aliviar el sufrimiento y ayudar al ser humano. Por eso, éste puede someter a la tierra si vive según las leyes divinas. Describe, en un principio, cuatro de las diez visiones, la creación del microcosmo, del macrocosmo, del mundo pequeño, del ser humano y de las grandes fuerzas sobrenaturales. Muestra como influyen las esferas, los elementos, los vientos y los astros sobre los líquidos corporales, el estado y el humor del ser humano. De allí surgen las alegorías (sinnbilder) sobre la interrelación entre el universo, el ser humano y Dios, y la influencia de la misericordia divina sobre la creación.

- Como gran visionaria que es, Hildegard describe plásticamente los efectos que se avecinan en su obra Liber vitae meritorum, un compendio de medicina psicosomática. Dibuja el ser humano como una unidad de cuerpo y alma (el alma penetra al cuerpo como la savia al árbol), creada por Dios, sano y luminoso, y atacada por el pecado. Pero considera que, desde que Cristo nació y se ocupó del mundo, podemos entrar en el proceso de sanación e iniciar el camino hacia una nueva creación.

Pensamientos y fines

Su principal objetivo es la transmisión de la fe. El mundo visible le interesa como puente hacia la fe. En el mundo del ser humano, cada suceso, cada objeto, tiene parte en el acontecer de la salvación. En el prisma de su manera de observación religiosa, el mundo visible ocupa el centro, pero el más allá es la realidad más importante.

Al contrario del mito oriental del ser humano cósmico, Hildegard nos proporciona un sistema cerrado sobre la física. No puede negarse una semejanza del ser humano cósmico con partes de la enseñanza física del médico griego Galeno (129-199 dC), el médico particular del emperador Marco Aurelio. Por ejemplo, es el primero en ubicar el cerebro, el hígado, el corazón y los pulmones, y también estableció la relación de estos órganos con el calor, la sequedad y la humedad, aspectos que enseña la medicina antigua. Las enseñanzas del aire vivificante que sujeta y vivifica el cuerpo, así como las que hacen referencia a los jugos y trastornos de su equilibrio, pueden hallarse ya en Galeno.

El universo resplandeciente de Hildegard está tejido por una densa red de interrelaciones; cada criatura depende de otra criatura y en todo actúa el amor de Dios, del Creador que ha puesto en las cosas del mundo sus fuerzas benignas. Intentó expresarlo en sus enseñanzas sobre los elementos, puesto que todos se encuentran en el ser humano. De este modo, puede vencer las vicisitudes de la vida, entender su sentido y comprender su vinculación con el universo. Esto también significa que las obras del ser humano tienen su repercusión en el universo. La inmoralidad del ser humano interfiere en el equilibrio ecológico de la tierra y en el orden del espacio. La megalomanía humana enferma la biosfera.

Establece muchos paralelismos entre partes del cuerpo, fenómenos de la naturaleza, astros y estaciones del año. De este modo, se concibe inmersa en el mundo, encuentra su horizonte y se siente como en su hogar en la tierra. “Así Dios ha completado todas sus obras [...] con su corporalidad, el hombre sostiene todo el universo.” El ser humano es cuerpo porque pertenece al mundo, es opus Dei, no un producto de la casualidad: ha sido creado por el amor de Dios. El mundo soporta al ser humano, pero éste debe cuidar el mundo y protegerlo. Todas las cosas del mundo se ofrecen al ser humano, pero no existen para su placer; debe reinar sobre sus semejantes, pero no como un explotador tiránico sino abrazándolos con amor. “Yo soy la vida sana íntegra”, se le manifiesta Dios en su Vita integra<7em>, introducción visionaria del Liber divinorum operum.

El monje Wibert, del monasterio de Grebloux, en Flandes, de visita al monasterio de Rupertsberg describe en una carta sus impresiones: “Allí impera la regla benedictina ora et labora. La medida justa es la madre de todas las virtudes.” Un símil de Hildegard reza: “Igual que una fuerte lluvia torrencial daña el fruto del campo, también el hombre si se infringe demasiadas durezas, más de lo que puede soportar su cuerpo, no aporta ningún beneficio a su alma.”

En lo que refiere al silencio, Hildegard sostiene que una mudez continuada no solamente es inhumana, sino que también puede trastornar demasiado la vida en comunidad. Todas las preguntas necesarias deben ser discutidas tan detalladamente como sea preciso. Un ser humano sin alegría pierde su fuerza vital y su esperanza, y eso no hace ningún servicio ni a Dios ni a sí mismo.

Opiniones suscitadas

- Irmgard Müller, catedrática de Marburgo, considera la obra de Hildegard como la primera medicina naturista escrita en Alemania. Sostiene que no sólo conoció y utilizó la medicina de la temprana edad media, sino que también aplicó “dentro de los límites de su tiempo” una terapia sintomática con sentido. Por su modo de pensar holístico creó una concluyente y consecuente enseñanza patológica, insistiendo en una dosificación ponderada y con mesura, porque si no los remedios causan más daño que beneficio.

- Christian Feldmann, en su obra Hildegard von Bingen, nonne und genie (monja y genio), se pregunta si su carácter puede clasificarse como histérico, debido a sus muchas enfermedades. Considera que las experiencias religiosas de Hildegard están en un nivel que no puede interferir con la ciencia. Hace un compendio de sus pensamientos centrales acerca de la salud y la enfermedad, y señala que, sea cual sea su obra, siempre se convierte en una profunda declaración de fe y de amor a Dios, como demuestra la siguiente declaración: “Toda armonía del cielo es un espejo de Dios, y el espejo de todos los milagros de Dios es el hombre. Es el corazón del universo, Dios lo ha creado según su imagen y semejanza.” Lo esencial de sus visiones, pensamientos, obras monásticas y ayudas al prójimo es que Hildegard consideró que formaba parte de un plan de Dios. Por ello, no le dio importancia a su formación académica, pues nada era obra suya. Sus visiones eran un regalo divino, de aquí entendió que su vida tenía un sentido sobrenatural, tenía un encargo de Dios: exponer la salvación. Se vio como mediadora para este fin.

- Según Die heilige Hildegar von Bingen, de Ellen Breindl, Hildegard relaciona la enseñanza sobre la fe verdadera con la enseñanza sobre el mundo y el ser humano en su libro Scrivias. En Liber vitae meritoru discute las virtudes y los vicios y señala la salvación del hombre, así como el surgimiento y crecimiento de la Iglesia como fruto de su ocupación con el mundo y sus tentaciones. Tan sólo en el tercero y último de sus libros teológicos se encuentran las visiones del universo, donde la descripción del mundo y su explicación se dan la mano de una forma inigualable, formando la base de sus escritos filosóficos medicinales.

Conclusiones

La defensa de Hildegard de una medicina holística y sus conocimientos profundos de la naturaleza son redescubiertos y reutilizados de nuevo en la actualidad. Esta monja alemana intentó unificar el amor al cielo y la fidelidad a la tierra: “Cuida la vida en su máximo detalle”; supo observar y hacer hablar a las plantas, y recibió el nombre de profetisa teutónica. Hildegard nos explica:

• “Todo lo que se encuentra en el orden divino comunica entre sí. El alma es la dueña, la carne, la sirvienta. Por el hecho de transmitirle la vida al cuerpo, el alma tiene el dominio sobre el cuerpo y éste se entrega al alma”. Por eso, mediante el dolor, el alma da señales de alarma al cuerpo. Una enfermedad supone hacer un alto en el camino y reencontrarse a sí mismo. Si tomamos analgésicos para eliminar el dolor, perderemos la oportunidad que nos brinda, y la enfermedad empeorará en la profundidad del cuerpo.
• “Si el alma siente algo que tanto para ella como para el cuerpo es perjudicial, contrae el corazón, el hígado y los vasos. Así, el hombre entristece. Después de la tristeza, a menudo irrumpe la ira, que agita la vesícula biliar. Por la amargura de la hiel, vuelve a aparecer la ira. Si el hombre no deja que ésta aflore, si no la soporta silenciosamente, suben nieblas y vahos al cerebro, enfermando primero la cabeza, luego el abdomen y terminan agitándose los vasos sanguíneos e intestinos. A menudo, el hombre enferma gravemente debido a su ira.”

Ventajas de la medicina de Hildegard

Hildegard trataba el organismo como una unidad, contemplaba la relación intacta entre la naturaleza y el ser sano del humano entero, no un solo órgano. Hoy nos damos cuenta que cada vez más va aumentando el empobrecimiento que trae el avance médico. Tenemos más expectativa de vida y nos liberan de muchos dolores, pero también tenemos que sufrir una medicina de un número cada vez mayor de aparatos sofisticados y de tratos inhumanos. Somos pacientes-objeto.

Si el sistema nervioso vegetativo se rebela contra una frustración continuada o el sentimiento de una vida sin sentido, no sirve de nada tratar los síntomas físicos si el ambiente que causó la enfermedad persiste, y la carga psíquica del enfermo continúa siendo reprimida. O cuando el cuerpo descuidado protesta con úlceras gástricas, pinchazos en el corazón (herzstechen), ataques circulatorios, etc., ninguna píldora nos ayudará. Ni siquiera una cura en un balneario. Solamente un cambio radical en el estilo de vida y de nuestra actitud frente a ella.

Para Hildegard, la enfermedad no es un proceso patológico sino una degeneración de la vida humana, un déficit de la fuerza vital. Por consiguiente, el proceso de sanación consiste en un regreso que comprende el cuerpo, el alma, el entendimiento y la capacidad afectiva (gemüt psiquis); una revolución en el sistema de vida y de las metas. Sólo de este modo se puede comprender porque las lágrimas pueden ser una medicina, pues el arrepentimiento puede cambiar la vida. La misericordia es el núcleo etiológico de los médicos. Visto así, la salud no se consigue mediante procesos de reparación puntuales en órganos dañados. Llevar una vida sana es una tarea diaria, así como aceptar el sufrimiento como medio para la maduración personal.

Hildegard deja en manos del ser humano la decisión. Ella enseña el camino para un actuar correcto, no busca un Dios escondido en el mundo, sino una vivencia intensa de esta verdad. La presencia en lo eterno reside en la fe, sucede en la creencia, en una unión entre cielo, tierra, Dios y ser humano en Cristo. Prevalece, pero, la responsabilidad del hombre. Las fuerzas de la salvación y la destrucción existen enfrentándose sin tregua, pero no puede obligar al alma cómo debe decidir. Hildegard, de este modo, sostiene que el libre albedrío del ser humano debe prevalecer sin poder ser tocado.

Rosemarie Zimmermann
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